Venezuela es bendecida por el amor y la presencia de Dios, y así lo confirma el anuncio del Vaticano el lunes 31 de marzo, tras validarse el segundo milagro de la madre Carmen Elena Rendiles Martínez, quien será elevada a los altares y a la veneración universal. Esta caraqueña y religiosa, junto con san José Gregorio Hernández, representan los valores del pueblo venezolano. Ambos son un llamado de esperanza y modelos a seguir por haber tenido vidas de ferviente devoción a la Divina Eucaristía, por su humildad, entrega a la iglesia y a los más necesitados.
El 11 de agosto de 1903, nació en Caracas la madre Carmen y desde el vientre materno sintió el llamado del Señor para tener una vida de santidad.

«Su madre, doña Ana Antonia Martínez, ama de casa, ayudaba a los pobres que llegaban a su casa en el Paraíso, una zona de clase media alta, y un día, estando embarazada tocó a su puerta un mendigo pidiendo ayuda. Al hombre le faltaba un brazo. Ella al verlo se impresionó. ‘¿Cómo hará para poder luchar en la vida?’, pensó para sí misma. Le entregó con afecto una limosna, pero resulta que al poco tiempo nació la niña presentando la misma carencia física», contó Mery de las Mercedes Luque, hermana de las Siervas de Jesús, Congregación fundada por la madre Carmen en Venezuela.
Tener una discapacidad no la limitó en absoluto. Carmen Elena creció con sus ocho hermanos rodeada de cariño y respeto en su familia. Su padre, don Ramiro Rendiles, era secretario del Banco Venezuela y mandó a diseñar una prótesis con goma, acero y cabilla que sujetaba a su antebrazo y hombro con correas de cuero. Era un aparato incómodo y pesado, pero que ella supo dominar y con el que pudo aprender a coser, jugar tenis, dibujar y hasta aprendió carpintería, logrando fabricar pequeños muebles, armarios y camas que realizaba sola, como muestra de que las barreras son mentales y que nada es imposible ante los ojos de Dios.

Religión y sufrimiento para esta santa
Fue criada en una familia de profundos valores cristianos. Su formación religiosa comenzó a los nueve años, cuando ingresó al internado Hermanas de San José de Tarbes. A los 18 años murió su hermano Efraín Antonio, de 16 años, de tifus, y esta tragedia provocó en la madre Carmen un profundo dolor que repercutió en su salud. A los pocos días enfermó de los pulmones y fue enviada por su familia a una casa en Los Teques, en donde tardó unos cuatro años en recuperarse.
Su destino estuvo signado por el sufrimiento, a pesar de que nunca se quejó de sus dolencias y de enfermedades que padeció a lo largo de su vida, como la artritis, la tuberculosis pulmonar y la fractura de sus dos piernas por un accidente automovilístico registrado en 1974 en la ciudad de Carora, estado Lara. Nunca se le vio una cara de dolor. Su rostro era de una sonrisa y serenidad permanente.
«Es una astillita más en la cruz de Cristo y yo la llevo con entusiasmo y alegría«, decía la santa venezolana a los médicos que la atendían y a sus hermanas de la comunidad religiosa.

«Con la muerte de su hermano, ella comenzó a profundizar su vida en la fe y adquirió una rutina de oración ante Jesús en el Santísimo Sacramento. Y una vez se sintió mejor de salud, salía a los barrios a preparar a los niños para el catequesis, para que pudieran recibir la eucaristía», afirmó la hermana Mery Luque, al ser entrevistada desde la Casa de Oración El Sembrador en San Cristóbal, estado Táchira.
El día en que Carmen Elena le anunció a su madre que quería servir a Jesús en la vida religiosa, testimonios que fueron enviados al Vaticano, señalan que ella colocó una planta de violeta a los pies del Sagrado Corazón de Jesús, la imagen católica que representa el amor infinito de Dios por la humanidad y le dijo: Si esta violeta no se seca, quiere decir que tú me aceptas, y que voy a ser santa«, reveló.
Aunque todos los seres humanos están llamados a la santidad, pocos tienen la virtud de practicar una vida de oración diaria, discernimiento, humildad, de tener la disposición de colocar las necesidades de la iglesia y de los más necesitados por encima de las propias, de servir en cualquier lugar y momento, incluso en situaciones de grandes exigencias, de llevar una vida célibe como Jesús, en silencio, de pobreza, por vivir en desapego de los bienes materiales. La madre Carmen lo hizo con total amor, rectitud y entrega desde los 24 años.

Luz para la iglesia
La madre Carmen Rendiles intentó entrar a varios conventos, pero por su discapacidad no logró ingresar. Tuvo que esperar la voluntad de Dios. El 8 de septiembre de 1927 fue aceptada en la Congregación Las Siervas de Jesús en el Santísimo Sacramento, de Francia. País donde vivió dos años.
Tras sus votos religiosos, escogió el nombre de hermana María Carmen. Luego fue nombrada superiora de las casas de esta congregación en Venezuela y Colombia. «Su centro fue la adoración al Santísimo Sacramento, servir en las parroquias y apoyar la labor pastoral de los sacerdotes en los seminarios, porque son los sacerdotes quienes pueden dar la consagración», explicó Mery de las Mercedes Luque, hermana de la Casa de Oración El Sembrador.

Esta santa tenía una rutina: levantarse muy temprano y pasar una o dos horas de oración en el sagrario y en algunas ocasiones hacía el viacrucis. «Todo se lo consultaba a Dios«. Consideraba el rezar algo tan importante, como respirar.
Incluso en los cuadernos en donde dejó plasmadas sus principales ideas, escribió: «Quien no ora puede estar en peligro de morir espiritualmente: La oración constante, madura, libre, será fuente y pieza clave para dar sentido a la existencia«.

Los milagros atribuidos a la Madre Carmen Rendiles
Tras sufrir un accidente automovilístico en 1974, la madre Carmen quedó postrada en silla de ruedas. Su salud se deterioró al padecer insuficiencia renal. Murió el 8 de mayo de 1977 en oración, repitiendo la frase: «En tus manos, Señor, encomiendo mí espíritu«, y un olor a flores impregnó la habitación.
26 años después se le adjudica el primer milagro. Se trata de la médico cirujano, Trinette Durán de Branger, que el 20 de mayo de 2003, mientras estaba en quirófano en el Hospital Miguel Pérez Carreño de Caracas, recibió una descarga eléctrica que le quemó sus guantes y sus dedos índice y pulgar. Su diagnóstico era: atascamiento del nervio mediano y cubital desde la mano hasta la axila. La valoraron 20 galenos que no lograron su cura.
El 18 de julio de 2003, la iban a operar, pero antes de acudir al centro médico para la cirugía, pasó al Colegio Belén, donde reposan los restos de la madre Carmen Rendiles. Allí estuvo en oración y logró conversar con la hermana María San Luis (hermana de sangre de la madre Carmen), que la llevó a una habitación donde estaba la cama y los objetos personales de la santa.

La doctora relata que sintió una fuerza que le impedía ingresar a la habitación, y al ver un cuadro de la madre Carmen, un rayo de luz salió del retrato y penetró en su brazo. Ella se desmayó y la hermana María San Luis pudo cargarla hasta la cama. Al despertar, sentía su brazo pesado. Al día siguiente acudió al médico y al revisarla, su brazo estaba como si lo acababan de operar y ya no tenía nada.
Ese milagro inició la causa de la madre Carmen Rendiles ante la santa sede. Su beatificación fue el primero (1°) de junio de 2018.
Según comunicó la madre Rosa María Ríos, superiora general de las Siervas de Jesús, el segundo milagro ocurrió en septiembre de 2018. Se trata de una joven caraqueña, de 18 años, que había sido desahuciada por una meningoencefalitis bacteriana.

Sus familiares acudieron al Colegio Belén en Caracas y allí un sacerdote les da una estampita de la madre Carmen, que al llegar a casa se la colocan debajo de la almohada de la joven. Sus familiares y amigos comenzaron una intensa jornada de oración, haciendo la novena de la madre Carmen, y al día siguiente llevaron a la joven al Colegio Belén. Ella pidió agua y posterior a eso su recuperación fue instantánea. Este 31 de marzo, el Vaticano logró comprobar ese segundo milagro.
«Un milagro se da cuando no puede ser explicado por la ciencia y la curación es de manera inmediata. Es cuando los doctores examinan un caso y no le encuentran lógica humana. Luego pasa a ser evaluado por un comité de cardenales y obispos que comprueban que la intercesión del cristiano al que se le pide, proviene de Dios», explicó monseñor Jesús González de Zárate, presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV).
